Do 29 de Maio ao 29 de Xullo 2020 – Entrada de balde. – Sala de exposicións temporais.

Entre dos mundos: la pintura de Nelson Villalobos

Conocí a Nelson Villalobos en marzo de 2013. La ocasión fue la visita que hice a Vigo, invitado por el Club FARO, para tener una conferencia-coloquio en el Auditorio Municipal Areal con el profesor y escritor Alberto Ruiz de Samaniego. El tema era “Los convulsos años 70: de los Encuentros de Pamplona a Salvador Dalí”. Y el motivo, la publicación que la editorial Siruela acababa de hacer de mi libro En la red del tiempo 1972 1977. Diario personal, un grueso volumen de 1.751 páginas. Ahora, repasando mi diario, veo que, en la entrada del viernes 15 de marzo de 2013, anoto: “Hoy almorzaré con Alberto Ruiz de Samaniego, que dice haberse leído entero mi libro, y le ha gustado mucho. ‘Has tenido siete vidas’, me dijo, y también, que mi Diario tiene algo del Guzmán de Alfarache, o Atalaya de la vida humana”.

He mencionado esta circunstancia, porque Nelson Villalobos se encontraba en la primera fila del Auditorio, según se ve en una fotografía, con su hija Daisy, que es poeta, y su hijo Pablo, que entonces estudiaba para director de cine, y porque, unos días después, en la entrada del sábado 23 de marzo de 2013, escribo en mi Diario: “El pintor, serígrafo y editor Nelson Villalobos, cubano residente en Vigo, quiere hacer una carpeta con serigrafías de mis poemas visuales, que aparecen en En la red del tiempo.”

Además del nexo que representaba ese libro, había otro que conectaba a Villalobos conmigo: el gran poeta oral Carlos Oroza. Yo había acudido a sus recitales desde los primeros que dio en Madrid, allá por el año 1965, y publiqué, en 1974, con algunos amigos, que habían fundado la editorial Tres Catorce Diecisiete, una singular edición, titulada Eléncar, en la que Oroza pasaba por primera vez sus poemas al papel. Nelson Villalobos era amigo de Oroza, incluso lo veía como a alguien de su familia, y había publicado conjuntamente con el poeta, en 2007, un precioso libro de artista con el título de uno de los poemas de Oroza: Malú.

Con lo que acabo de decir se entiende que la primera edición que serigrafiió de mis poemas fue la del poema-arabesco O ROSA, que realicé en noviembre de 1974, y que, dedicado a Oroza, apareció en 1975, a modo de poético y visual prólogo de Eléncar. Con la serie gráfica que abarcaba el poema-arabesco hizo Nelson Villalobos, con la colaboración de su hija Daisy, una magnífica carpeta de arte. Lo que no fue sino el inicio de nuestra relación poético-artístico-editorial, pues, seguidamente, Nelson serigrafió con técnica insuperable poemas que realicé en Ibiza, entre el verano y el otoño de 1972. Concretamente: peñaranda…, Yantra de Ibiza, El juego del correo, Jardín gramatical, El bosque de las letras, El juego de la lija, Retina de Madrid y Teatro del Olvido.

Si ya esos trabajos serigrágficos me impresionaron por su calidad artística y técnica, aún me impresionó más la reproducción pictórica que hizo a gran escala (2 x 2 m) de mi Yantra de Ibiza. La precisión y el rigor con que había manejado el pincel eran asombrosos.

Así fue, con esta armadura poética y visual, como fui introduciéndome en el arte de Nelson Villalobos. Sus pinturas las conocí sobre todo por las visitas que le hice en su taller, donde no solo pintaba y serigrafiaba, sino que también enseñaba. Me alegró saber de las exitosas exposiciones que hacía a ambos lados del Atlántico, tanto en España como en su natal Cuba y en México, y del gran mural de brillantes colores multitudinarios y de antropomorfa geometría, que realizó en la calle Martínez Garrido de Vigo, la ciudad en la que podría decirse que había construido un puente artístico que conectaba a Galicia con Cuba y a España con Hispanoamérica.

Quiero subrayar este nexo, pues en las pinturas de Nelson, de colores tan exuberantes como solo podría alumbrar una Naturaleza trascendida, hay elementos españoles clásico- vanguardistas como son las formas blandas y redondeadas del arte de un Joan Mirò y un Salvador Dalí, inspiradas por los maravillosos dibujos neurológicos de Santiago Ramón y Cajal, y ciertas estructuras compositivas de estirpe picassiana, junto con elementos estéticos genuinamente hispanoamericanos, que se manifiestan en formas tan variadas como originales: las máscaras aztecas y polinesias, los ideogramas mayas e incaicos, los brillantes colores del arte mexicano. Un poste totémico que puede verse en el taller de Nelson Villalobos (el cual, dicho sea de paso, gusta de firmar como Villalobo) nos habla del fuerte componente amerindio que hay en su obra. No nos extrañe esta prolífica variedad, pues nuestro artista en cierta ocasión se repartió en cuatro artistas, a los que dio los cuatro nombres en los que troceó su nombre y apellidos: Nelson, Villa, Ferrer, Lobo. Por todo esto no nos extrañará entrever, en las grandes, imponentes, deslumbrantes pinturas de Nelson, cervatillos, gatos, lechuzas, formas vegetales, junto a ojos, globos aerostáticos, figuras del mundo celeste y dameros en los que jugar. Estas son algunas de las plantas y floraciones que crecen, exuberantes, en ese jardín fantástico y luminoso que es la pintura de Nelson Villalobos, hecha de colores puros y de geometrías perfectas, de movimiento incesante, incluso vertiginoso, y, a la vez, de equilibrio. De ebullición y también de reposo. Incluso -me atrevería a decir-, en sus pinturas se insinúa una especie de aura religiosa que convierte en revelación nuestro cotidiano mirar las cosas que nos acompañan en la vida.

Ignacio Gómez de Liaño

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«Blanquísima su presencia»


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